Publicado el 26 de octubre de 2018

Diez horas. Aquel día habíamos conducido alrededor de diez horas. Aunque nos íbamos turnando, todos intentábamos mantenernos despiertos. Era nuestro segundo día en Namibia y no queríamos perdernos ni un detalle.

Como he dicho, era nuestro segundo día: después de una semana recorriendo el país, las siestas entre trayectos se fueron haciendo más frecuentes. Y también más placenteras.

Nuestro GPS nos decía que avanzábamos, aunque la carretera parecía contradecirnos. Durante cientos de kilómetros, no nos cruzábamos con nada ni con nadie: ni pueblos, ni otros viajeros y apenas unas pocas señales indicando desvíos. Conforme el día avanzaba, las luces avanzaban con él.

 

A la hora de comer ─más bien, cuando nos entró hambre─ paramos a un lado de la carretera. No sé si os lo he dicho, pero nuestro 4×4, además de las tiendas de campaña en el techo, tenía todo lo necesario para cocinar. Así que allí, en medio de la nada, preparamos algo de pasta y una sencilla ensalada. Nuestro pequeño lujo fue una Coca-Cola que ni siquiera recordábamos llevar encima.

El día continuó monótono, pero nuestra emoción no bajaba: seguíamos haciendo fotos a través de la ventana, parando de vez en cuando a estirar las piernas y enlazando conversaciones sobre cualquier cosa que os podáis imaginar. Literalmente, cualquier cosa.

El atardecer nos pilló todavía a varios kilómetros de nuestro campamento. La idea era llegar antes de que anocheciese, pero a la hora de decidir lo tuvimos claro: no queríamos perdernos esas últimas luces del día. Paramos en el lado izquierdo de la carretera cuando el cielo ya se teñía de tonos rosas. Saltamos, nos hicimos fotos y disfrutamos al máximo de nuestra decisión.

No es que África tenga los mejores atardeceres del mundo. Simplemente, tienes la mentalidad para disfrutarlos al máximo.

Cómo conocí África

Marcos (6), Lucas (8) y Bea (8) miraban atónitos a su padre. Siempre habían “presumido” de su padre viajero y, por fin, podían escuchar todas esas historias que antes solo imaginaban. Desde aquel sofá, sintieron como el suelo vibraba bajo ellos al igual que lo hacía ese 4×4 en Namibia.

─Esa fue la primera vez que conociste África? ─ preguntó Lucas, el más atrevido de los tres.

-No ─contestó el padre con media sonrisa en la cara─, África la conocí muchos años antes.

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