Córdoba fuera de temporada también existe

Publicado el 22 de marzo de 2019

Hacía ya casi diez años que no pisaba la antigua capital de la Bética, una de las provincias más ricas del imperio romano. Antes de llegar imaginaba que no tendría mucho por ver, o mejor dicho, que volvería a visitar lo de siempre: la mezquita-catedral, la sinagoga, el barrio judío, el puente romano… Pero es cierto que un lugar es totalmente distinto según la compañía, la experiencia, la percepción del momento y las circunstancias, como bien apuntaba el filósofo Ortega y Gasset.

A la llegada al hotel estoy a punto de rechazar el mapa característico de la ciudad. «¿Sabe dónde estamos?», me apunta la recepcionista. Y aquí una con un tono de sabelotodo suelto un «sí, sí, si me lo conozco de sobra, he estado varias veces». Sin embargo, un pensamiento viene a mi cabeza y rectifico, menos mal. «Espera, mejor dame uno para la colección, que seguro que habéis cambiado algo».

Visitar Córdoba fuera de la época de los patios (durante el mes de mayo), y en otra temporada que no sea verano, no es lo más usual, al menos para los turistas más ávidos de calor, de terracitas en las que sentarse a comer, a tomar el sol y de pasear oliendo a azahar entre los naranjos, pero tiene su encanto. ¿Por qué? te preguntarás, porque sencillamente no hay casi gente y gracias a eso puedes ir más allá de lo común en este tipo de lugares emblemáticos.

Primero: visita la mezquita-catedral desde el silencio

Pero volvamos al momento entrega del mapa. Venga, va. Lo agarro, suelto la app de geolocalización del móvil y… acabo en la mezquita. Sí, no tengo remedio. En verdad, el edificio es igual en invierno, en primavera, en verano… no tiene nada de especial. Lo que lo diferencia es que las salas están casi vacías con algún pequeño grupo de estudiantes, así que puedes pasear y escuchar —sí, escuchar— el silencio de lo que fue uno de los edificios más importantes de la época de la conquista árabe en la península. (En 2019 por 10 euros la entrada puedes hacer también la ruta por las iglesias fernandinas.)

Además, en los primeros meses del año muchos de los naranjos del patio exterior de la mezquita ya tienen su fruto, por lo que es un tanto peligroso pasear cerca. Operarios del ayuntamiento recogen con unos garfios las naranjas para —sencillamente— «tirarlas», según nos apuntan algunos de ellos. «¿Se hace algo con esto?», preguntamos. «¡Qué va!, si esto no sirve ni para mermelada», nos confiesan a modo jocoso mientras vemos a más de un turista asiático, que ronda por el patio, poner cara de constreñido por la acidez de la fruta en su boca. Nos miramos y reímos juntos.

Segundo: descubre yacimientos sorprendentes bajo el laberinto del asfalto

Sigo toda orgullosa con mi nuevo mapa. Me sitúo y… gracias a la humedad que provoca la cercanía del río Guadalquivir en la ciudad, acabo tomando un café en el hotel Conquistador, justo enfrente de la torre de la mezquita. Leo «excavación» en uno de los carteles dentro del hall. Sigo la flecha, abro una puerta, entro en un salón de bodas y debajo de mis pies tengo una parte de la antigua Córdoba. Una excavación de la denominada sala de abluciones de la mezquita aljama del siglo X se localiza en los dos patios del hotel. Increíble. En todo el centro, delante del monumento más visitado de la ciudad. En una de las paredes están apoyados fragmentos de mosaicos romanos policromados datados de la segunda mitad del siglo II o III que corresponden a una orla, formando parte de una domus, de una antigua casa romana.

Mientras entro en calor con el café entre mis manos, imagino todo lo que tiene que tener la ciudad bajo sus edificios. Un crisol de culturas antes de su fundación oficial en el siglo III a. C. Y, esta vez sí, por fin, examino el mapa y descubro una zona de callejuelas por las que perderme, cerca de la calle Julio Romero de Torres, el gran pintor de la época. Allá voy.

Calle arriba, calle abajo, calles sin salida, calles denominadas las siete revueltas… esto es un laberinto. Debo de tener cara de turista perdida con el mapa en mis manos cuando una señora, cargada con su carro de la compra, viene directa a mí desde la conocida plaza de la Corredera.

— «¿Te has perdido?», me pregunta.

— «No, no… si conozco Córdoba, pero es que esta zona es muy laberíntica», contesto con orgullo.

— «Uy, sí, en esta zona jugaba con mi hermano a perdernos cuando era pequeña»

— «¿Ah, sí?»

— «Sí, se pone hasta arriba en la temporada de los patios y en verano, ahí no te pierdes porque sigues a la gente, pero ahora es muy tranquilo…»

Tras despedirme de la vecina del barrio, y sentir que soy contemplada por otras tantas más que salen de sus casas al oír ruido, doy finalmente con la calle Julio Romero de Torres. Edificios del siglo XIX, macetas en las paredes y una plaza con varias columnas romanas. Al fondo leo «Museo arqueológico de Córdoba». Entro y pregunto en la taquilla si es un museo de colección de piezas encontradas en los yacimientos de Medina Azahara, en excavaciones y demás.

— «No, ese es el otro edificio, aquí es el yacimiento del antiguo teatro romano», me descubre la encargada de dar la entrada a los visitantes.

— «¿Cómo?», le insisto.

— «Sí, sí, el teatro romano, bueno, hay una colección de capiteles, esculturas y piezas, pero aquí en el sótano están los restos de las gradas».

— Perfecto. ¿Cuánto es la entrada?

— Es gratis.

Sí, en esa plaza se situaba —se sitúa— el teatro romano. Debajo de mis pies, pero sin excavar, sólo han podido dar con una parte de las gradas, la canalización de las aguas residuales y el inicio del escenario del teatro. El resto sigue ahí, esperando a que un día se conceda el suficiente presupuesto como para que se excave más y más.

La colección que hay aquí es digna de cualquier urbe italiana. Capiteles corintios, bustos que conservan parte de la policromía, denarios, juegos de ajedrez, peines, pesos… y ahí, en el sótano, parte del graderío del teatro romano. La musealización es increíble porque te hace sentir y te localiza justo dentro del teatro. Cierro los ojos e imagino. Estoy sola en medio de este monumento.

Tercero: aprende de personajes importantes como Maimónides, el filósofo-médico

El día de vuelta prefiero coger un taxi para llegar a tiempo al tren y no cargar con la maleta, así también contribuyo con el sector. Nada más entrar en el coche, comenzamos a hablar —como no— de dónde venimos y a dónde vamos. «¿De Madrid?», comenta el taxista. Sí, sí… «Pues vosotros también sois descendiente de la antigua Córdoba».

Esta reflexión del conductor cordobés me hace pensar durante el recorrido en Maimónides, muy presente en toda Córdoba. El médico, rabino y teólogo judío de al-Ándalus es la figura más destacada del judaísmo postbíblico, según el Colegio de Médicos de Córdoba. Nacido en esta ciudad (1135), se trasladó a Fez (Marruecos) donde realizó sus estudios de Astronomía y Medicina. La Guía de Perplejos o Guía de Descarriados es su mayor obra, junto con sus tratados médicos dedicados específicamente a la atención de la higiene y a la salud. Identificó que el sistema nervioso rige el cuerpo independientemente de la religión, y reconoció el efecto psicológico de las curas mágicas y supersticiosas. Todo un adelantado a su tiempo.

«Ya hemos llegado», comenta mi conductor. «¿Usted cree que la gente cuando visita Córdoba se da cuenta de toda la riqueza histórica que tiene, no sólo de la ciudad en sí, sino de la influencia que tiene en todos nosotros?», le pregunto. Me mira perplejo y me expresa con un aire orgulloso, «muchos creen que con visitar este lugar una vez tienen suficiente, pero hay que pisar sus calles varias veces para darte cuenta de todo lo que hay que no se ve.»

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