El río Canímar, una experiencia pasada por agua

Publicado el 27 de enero de 2017

El plan de rodaje prometía. Teníamos prevista una grabación en el Río Canímar por la mañana y terminar el día en la Finca Dionisia.

Los cámaras y la directora del equipo se fueron en un jeep, que más tarde formaría parte de la grabación, para localizar la ruta que trazarían las chicas con el vehículo a la salida del río. Yo me quedé con Marta y Corina en la orilla, divinas de la muerte, la verdad sea dicha. Poco tardaron en divisar un pintoresco puestecito de madera que hacía piñas coladas más naturales que la pura Cuba. Y allí que nos fuimos a por tres.

Puritos Habanos” resultó ser el mejor sitio para tomarse esta bebida de todos los países latinoamericanos que hemos visitado. ¡Espectacular!  El chico que nos atendió, además de alegrarnos la mañana, nos enseñó a preparar el cóctel. Sin duda, os invito a que hagáis una parada aquí. El sabor merecerá la pena, ¡creedme!

Cuando nos juntamos con el resto del equipo, pusimos rumbo al embarcadero con la intención de coger unas lanchas y disfrutar del paseo en el manglar. Marta no le dio ni la oportunidad a Corina de ponerse al timón. Se autoproclamó “capitana” y mientras la otra aprovechó para inmortalizar con su teléfono el paisaje y la aventura.

En total, salimos tres barcas. En una, iba con la directora, en otra los dos cámaras y el sonidista y, en la tercera, las chicas. Poco a poco nos fuimos adentrando en el río dejando atrás el embarcadero hasta que terminó siendo un punto en el horizonte. ¡Las vistas eran increíblemente salvajes!

Todo parecía que estaba saliendo a pedir de boca hasta que empezamos a sentir unas ligeras gotas de lluvia sobre la piel. La emoción de la velocidad, tener el timón en las manos, atravesar el manglar como Sam Neill en Jurassic Park…todo hacía que no les diéramos importancia, es más, nos sonreíamos pensando: ¡qué gran escenario!

Pero no, el chispeo nos estaba advirtiendo del diluvio universal. ¿Habéis escuchado hablar de las lluvias tropicales? Nosotros descubrimos lo que eran aquel día.

Tuvimos que volver a toda prisa protegiendo el equipo. Pude grabar algunas imágenes con el móvil. ¡Había que tener ese recuerdo y no estaba dispuesta a perderlo! Conseguimos llegar al embarcadero, eso sí, calados. Nos refugiamos en el restaurante esperando que cesara la lluvia, pero cada vez que hacíamos el amago de salir, volvía a rugir el cielo. ¡Una especie de “pilla, pilla” con el tiempo!

Lo que no me cabe la menor duda es que Marta y Corina disfrutaron como niñas. Si fuera por ellas, se sacarían el título de capitán y se pegarían más de un viajecito por el manglar. No nos quedó otra que marcharnos a la siguiente aventura. Eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja y con la intención de que aquella no fuera la última vez.

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