Publicado el 29 de noviembre de 2018

-Durante unos años viví en Ciudad del Cabo….

A Marcos se le encendió una luz en los ojos. Sin decir nada, salió corriendo del comedor y volvió a los pocos segundos con su peluche favorito: un pingüino. A su padre solo le quedó sonreír.

-No pensaba contaros hoy esa historia, pero veo que no tengo opción ─los pequeños asintieron.

Bueno, ya sabéis que en Ciudad del Cabo hay una importante colonia de pingüinos. Llegaron allí a principios de los años 80 ─nadie sabe muy bien cómo o por qué─ y desde entonces han estado viviendo, nadando y haciendo disfrutar a turistas de todo el mundo en Boulder’s Beach.

La primera vez que los vi no me lo podía creer. Hacía mucho calor y, aun así, allí estaban ellos. Más cerca de lo que estamos nosotros ahora. Tan acostumbrados estaban a los humanos que paseaban sin que nada les importara. Y ya sabéis cómo andan los pingüinos: balanceándose de lado a lado, con un ritmo lento y acelerado a la vez y esa sensación que te hace pensar que se caerán en cada paso.

Con un pequeño saltito, pasaban de las rocas de la playa a las aguas del océano Atlántico. Y ahí todo cambiaba. En el líquido parecen un animal distinto, más ágil, más rápido, más fuerte. Ese día solo había tres o cuatro activos: el resto descansaba entre la vegetación de los alrededores.

Y qué ruidos hacían. La primera vez no me fijé, pero sí la segunda. Y la tercera. Un sonido parecido al de un burro o un asno ─luego leí que esta especie de pingüino es conocida como “Jackass penguin”, algo así como “pingüino-burro” ─.

Pingüinos en Ciudad del Cabo

Esta tercera vez, además, no los vi en Ciudad del Cabo, sino en un pequeño pueblo conduciendo hacia el este (Betty’s Bay). Aunque menos conocido, este rinconcito escondía más pingüinos ─además de otros animales─ y muchos menos turistas.

Cuando volvíamos al coche, después de esta visita, un amigo me contó una historia que todavía no sé si creerme o no. Al principio de estar los pingüinos allí, hubo un niño que, durante una excursión del colegio, se alejó algo del grupo. Era pequeño y estaba totalmente enamorado de este animal ─Marcos cruzó una mirada con su padre, sonrió y abrazó su peluche con más fuerza─.

Dicen que llegó a meter un pingüino en su mochila con la intención de adoptarlo como mascota, pero antes de subir al autobús alguien notó algo raro y pudieron sacarlo de ahí y devolver al pingüino a la playa.

Creo que conozco a alguien ─dijo, con sus ojos puestos de nuevo en Marcos─ que también lo hubiera intentado.

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