Viaje al amarillo albero, uno de los colores especiales de Sevilla

Publicado el 27 de abril de 2021

Dos cosas impresionan al sumergirse en el universo Sevilla: esa luz radiante –cegadora, calidísima, envolvente– que lo baña todo y esa armonía arquitectónica y cromática que te apabulla.

La primera es una bendición dada –qué suerte la sevillana–; la segunda, obra de quienes, piedra por piedra y siglo tras siglo, han dado forma a la capital de Andalucía. Combinadas, las dos, hacen de Sevilla esa ciudad tan bella, tan atrapante y tan inacabable para el viajero, el paseador cotidiano o la exploradora puntual.

Y en la fama, el equilibrio y la identidad de Sevilla tiene mucho que decir un color: el amarillo albero.

Viaje al amarillo albero, uno de los colores especiales de Sevilla

 Si has estado en Sevilla te habrás dado cuenta en el minuto uno. En el arco y la basílica de la Macarena, en el Palacio de las Dueñas, en los edificios que rodean los bares y las tabernas de la Plaza de la Alfalfa, dentro del Alcázar, por las callejuelas de Santa Cruz, en el techo de Santa María la Blanca y hasta en la bandera de la ciudad… ¿en qué rincón de Sevilla no hay amarillo albero?

Pero resulta que este color que deambula entre el naranja, el amarillo y el ocre –y que se obtiene de una roca caliza– no hace más de 90 años que vive en Sevilla. De hecho, se populariza cuando la ciudad se prepara para albergar la Exposición Iberoamericana de 1929 y, para darle mayor brillo y alegría a sus edificios y ponerse (más) guapa, Sevilla empieza a aplicar el amarillo albero a sus fachadas, susituyendo el blanco de la cal y el marrón de la cerámica que hasta entonces mandaban. Así, hasta teñirse del oro y el rubio que, al atardecer, Juan Ramón Jiménez veía desde su azotea de Triana:

«Desde la azotea de Triana se ve Sevilla, larga tendida, llana, abierta, malva toda y oro, como una mujer rubia, que sueña despierta en su alma, que es su cuerpo»

Juan Ramón Jiménez, en ‘Sevilla’

Hoy, en cualquier paseo que des por Sevilla, las olas de amarillo albero te van conduciendo más adentro, empujándote a embelesarte y a no querer dejar de escudriñar su laberinto hechicero y hermoso. A fotografiar sin parar. Si entras a un bar, incluso, tienes amarillo albero en el pescaíto frito. Si al salir miras arriba, bajo las Setas de Sevilla, el reflejo del sol te devuelve otra ración de amarillo albero. Y, si te invitan a la Feria, pisarás amarillo albero.

Así que si Sevilla tiene –como dice la canción– un color especial, yo lo tengo claro.

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